Avaricia

Mayo, 2015

avaricia

Consuelo acababa de llegar de la misa de las siete cuando alguien llamó al timbre de la puerta. Estaba sentada en el salón desabrochándose los zapatos mojados. Fuera llovía a cántaros. Decidió terminar la tarea que tenía entre manos antes de ir a abrir. No solía tener visitas, seguramente sería alguien intentando venderle cualquier tontería que no necesitaba. Se creían que por tener ochenta años era imbécil. El timbre volvió a sonar. Resoplando de impaciencia, se puso las zapatillas de casa y se levantó del sillón con esfuerzo. “Ya va” dijo molesta.
Al abrir, se encontró de frente con Ramiro, el vecino de abajo.
—Siento molestarla Consuelo, pero es que tengo un problemilla —esperó en vano a que le preguntaran cual era ese problema y, pasados unos segundos, prosiguió—. Me ha salido una pequeña gotera en el baño, y quería comprobar si viene de aquí arriba.
—¿Eso no debería mirarlo un fontanero? —respondió Consuelo.
—Bueno, yo sé algo del tema, si le echo un vistazo creo que puedo intentar arreglarlo.
Consuelo le dejó pasar, pero le lanzó una mirada llena de reproche. A ella no la engañaba, sabía perfectamente porque no llamaba a un fontanero. No tenía un duro. Llevaba más de un año, o incluso dos, sin trabajar. Era un gandul que en vez de salir a buscar un trabajo de lo que sea, se quedaba en casa viendo la televisión. Ella lo sabía bien. Normal que su mujer lo hubiese abandonado.
—Si no me equivoco viene justo de ese punto —dijo Ramiro nada más entrar al cuarto de baño, señalando hacia el lavabo.
Consuelo observaba como su vecino se arrodillaba e inspeccionaba la estructura en la que se sujetaba. Era rectangular y su única función consistía en ocultar la tubería. Al moverla, un poco de agua sucia salió del interior, esparciéndose por el suelo.
—¡Me lo estás poniendo todo perdido! —gritó ella enfadada.
—Hay algo raro aquí detrás —respondió Ramiro, ignorando las quejas de Consuelo.
Efectivamente, sacó una bolsa de plástico negra, totalmente empapada. Parecía que había estado acumulando agua por alguna pequeña gotera de la tubería. Dentro había algo. Ramiro le dio la vuelta a la bolsa y su contenido cayó a trompicones encima de las baldosas.
Tanto él como su vecina se quedaron boquiabiertos.
Forrados con un plástico transparente, más de diez fajos de billetes de quinientos euros quedaron a la vista de los dos. El tiempo pareció detenerse. Consuelo no tenía ni idea de dónde había salido, pero reconocía la bolsa como una de las que utilizaba su ya fallecido marido en la papelería que regentaba. Trabajó en ella hasta casi el último día de su vida, hacía más de diez años. Sabía que solía guardar algo de dinero en casa, pero no tenía ni idea de que quedara algo, y desde luego jamás habría imaginado de que pudiese ser una cantidad tan elevada. No tenía sentido.
—Joder —rompió el silencio Ramiro.
La voz de su vecino sacó a Consuelo de sus pensamientos. Lo vio allí abajo, mirándola fijamente, y sintió miedo. Ese fracasado no sería capaz, ¿o tal vez sí?
—Mi hijo está a punto de llegar —dijo sin pensar.
—Tu hijo no vive en al ciudad, y no te visita desde hace meses —respondió con una sonrisa nerviosa Ramiro—. Estás igual de sola que yo.
Se quedaron quietos un segundo que se hizo eterno, entonces Ramiro cogió los fajos de billetes, los metió en la bolsa y se levantó. Fue a salir de la puerta sin mirar a Consuelo, pero ésta, percatándose que estaba siendo robada, comenzó a gritar:
— ¡Ladrón, desgraciado, fracasado!
— ¡Calla vieja!
Dijo Ramiro mientras le tapaba la boca. Ella se quedó paralizada ante la violencia con la que estaba siendo inmovilizada. Su vecino mantuvo allí la mano, sin decidirse a apartarla. Consuelo pudo ver en la mirada de él lo que estaba pesando. Iba a llevarse el dinero, y ella era un estorbo. Intentó gritar, zafarse de él, pero sus intentos de escapar llenaron a Ramiro de determinación, consiguiendo así el efecto contrario al deseado. La arrastró por el pasillo hasta el salón y la tumbó en el sofá. Por el camino, Consuelo se agarró a la bolsa con el dinero que colgaba del brazo de Ramiro. Mientras su cara era tapada por un cojín, arañó sin quererlo uno de los fajos del interior de la bolsa. Notó el tacto de uno de los billetes y, llena de impotencia, lo estrujó con la mano. De pronto lo comprendió todo. Maldita sea. Era la única explicación. El imbécil de su marido debía de haberlos impreso, pero nunca se decidió a utilizarlos. Maldia sea. Estaba siendo asesinada por un puñado de papel inútil. Pataleó y gritó con más fuerza si cabe, pero Ramiro no podía entender el verdadero significado de los gimoteos que escuchaba. Apretó con más fuerza, creyendo que sus días de fracasado habían terminado.

Escrito por: Jon Igual& gt; www.jonigual.com
Ilustrado por: Marta Alonso > virgulillailustracion.blogspot.com.es

 


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