Breve historia sobre un picnic

julio, 2014

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Mi pareja y yo llevábamos bastante tiempo planeando hacer un picnic en el bosque, y ahora que por fin teníamos un día libre lo preparamos todo. Después de casi una hora conduciendo y un buen rato caminando por el bosque, encontramos el sitio perfecto. Limpiamos un poco el suelo de piñas y pinocha y alguna piedra, tendimos la manta y nos sentamos. Nos hacía falta un rato tranquilo, ya que llevábamos un mes de bastante estrés y nuestra relación estaba en crisis. Mi pareja era muy detallista y romántica. Todo tenía que ser perfecto: el clásico mantel a cuadros rojos y blancos, la cesta de mimbre, incluso una vajilla de porcelana muy cuca. Nos sentamos a comer, evitando conversaciones sobre trabajo o problemas. Cuando terminamos, me tumbé a ver el cielo entre las ramas de los árboles, y ella se tumbó apoyando su cabeza en mi pecho. Cogió una manta y nos tapó las piernas. Hablábamos sobre nosotros, sobre nuestra relación, sobre que todo iba a salir bien. Al cabo de un rato los párpados me pesaban, y noté cómo ella roncaba levemente, así que antes de que me quedara dormido la desperté y le dije que fuéramos a dar una vuelta por los alrededores. Yo temía que si nos quedábamos dormidos, al despertar, millares de hormigas cubrieran nuestro cuerpo, comiéndonos. Trajimos un librillo sobre identificación de aves y plantas, y dimos una vuelta, reconociendo lo que veíamos, probando las plantas que ponía que eran comestibles. Después de dar una vuelta, decidimos volver. Yo temía que una familia de jabalíes violentos estuviera olfateando nuestra comida, pero todo estaba tal cual lo habíamos dejado, así que nos sentamos y nos pusimos a beber algo. Cerramos los ojos y, en silencio, nos pusimos a escuchar el viento moviendo las hojas, los pájaros, a oler la tierra y los pinos. De vez en cuando abríamos los ojos y veíamos al otro sonriendo. Pensaba que después de todo, podríamos volver a dormir juntos en la misma cama. Abrí los ojos y la vi muy quieta, mirando fijamente detrás mía. Con el dedo índice en los labios me indicaba que no hiciera ruido. Yo me quedé inmóvil, y me dediqué a seguir su mirada, que se movía hacia la derecha lentamente. Temía que fuera un oso hambriento, y por el ruido que hacía al moverse despacio tenía que ser grande y letal. Cuando finalmente pude verlo sin tener que girar mucho la cabeza, vi que se trataba de un ciervo. Estaba ahí parado, mirándonos. Nos miraba con orgullo, como hinchando el pecho. Ella levantó con cuidado la mano y le ofreció una galleta, y el ciervo se acercó muy lentamente. Olfateó la galleta y se la comió bruscamente. Mi pareja empezó a acariciar el cuello del animal, que había metido el hocico en el paquete de galletas. Ella reía, acariciando sin miedo a aquella bestia salvaje, pero yo seguía inmóvil, pues era un animal bastante grande y de una coz probablemente podría romperme un par de costillas. De pronto, el venado movió las orejas hacia atrás y levantó la cabeza. Se quedó estático, como si hubiera oído alguna amenaza. Yo ya temblaba: seguro que se trataba de una jauría de lobos asesinos. El rumiante, al fin hizo gesto de bajar la cabeza para seguir comiéndose mis galletas, cuando de repente, sonó un silbido y el ciervo cayó de bocas entre nosotros. Empezó a bramar y a convulsionar, con las patas delanteras inmóviles, y tres perros completamente desbocados saltaron de detrás de un matorral, mordiendo al ciervo en las patas traseras, clavándole los dientes hasta el hueso. El ciervo respiraba con dificultad, podíamos oír cómo la sangre inundaba sus pulmones a sorbos.
A los pocos segundos aparecieron dos tipos vestidos de camuflaje con unos rifles enormes. Un tipo que llevaba un trozo de regaliz en la boca, sacó un cuchillo y remató al ciervo. Mi chica estaba en shock: acababa de morir su nuevo amigo, que la miraba con la lengua fuera. Caí de culo hacia atrás intentando levantarme, y cuando abrí la boca para decirles que pensaba denunciarles a la policía, me amenazaron con que iban a denunciarnos a la policía. -Majestuoso, es el Señor del bosque, es precioso- decían los cazadores, mientras quitaban el cadáver de nuestra manta de picnic, que estaba toda manchada de sangre, junto con la cesta aplastada y las tazas hechas añicos.

 

Escrito por: Pablo J Domínguez Pons > idiotaeninternet.blogspot.com.es
Ilustrado por: Iria Rodriguez > iriarodriguez.tumblr.com

 


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