El destino de las mentiras

febrero, 2015

el destino de las mentiras

El despertador sonó, si uno lo piensa bien, sin ninguna necesidad. Estaba tan desocupado como las sombrillas de la playa en invierno, salvo por las clases de inglés las tardes de los lunes y los miércoles y a excepción de recados puntuales sin importancia y algunas cervezas en las terrazas.
El despertador, a decir verdad, sonó porque ese día sí que había algo que hacer. Había decidido ir a tomar café con aquel amigo que un día fuera un muy buen amigo suyo; a esas alturas, sin embargo (y por vicisitudes que no vienen al caso), era poco más que un conocido afable y comprensivo. Cuando se le propuso estaba convencido de que era una idea excelente, pero no supo verlo con perspectiva y al encontrárselo de frente resultó ser un engorro.
Así que consultó el listado de excusas para los antiguos buenos amigos y que ahora eran tan pesados como el plomo. El dedo índice se paseó por entre las diferentes opciones, decantándose finalmente por un clásico: debía estudiar para una prueba de inglés de suma importancia.
Una vez estuvo satisfecho con la historia, le mandó un whatsapp explicando qué ocurría y lo mucho que lo lamentaba:
Tengo un examen de Grammar esta tarde. Lo siento, lo había olvidado y apenas me queda tiempo. Ya haremos ese café la semana que viene o más adelante. Smiley. Nos vemos pronto.
Entonces apagó el móvil a toda velocidad, reduciendo a cero toda posibilidad de respuesta, asegurándose de que el programa certificara que esa era la última vez que conectaba. Sabía a ciencia cierta que aquel era un café de esos que se posponen para siempre. Era precisamente lo que pretendía; lo que él desconocía es que el destino se la tenía guardada.
Era miércoles, luego a las cuatro de la tarde tocaba inglés hasta las seis y media. La primera hora fue lo de todos los días. Phrasal verbs, past perfect, future simple, etc. Empezaba a pensar en otras cosas, dejando que el cerebro viajara a través de su vasto imperio. Reparó en el sonido de la calefacción que parecía un motor en marcha, observó las formas que tomaban las gotas de la lluvia al estrellarse como kamikazes en la ventana. Pero en efecto, antes de anunciar el descanso (o break), el profesor les recordó que después de éste deberían dirigirse a la sala 21 para hacer la prueba. Así que, después de todo, había una prueba. Pues bien, la afrontaría con la tranquilidad del que no tiene nada que perder.
 

Escrito por: Jordi Juncà > www.facebook.com/jordi.junca
Ilustrado por: Miguel Touché > dropr.com/migueltouche

 


Send to Kindle