El funambulista

marzo, 2013

Cuando se incorporó de la cama, posó los pies sobre un manto de cálida y fina arena; La sorpresa recibida por las plantas de los pies pasó rápidamente al resto del cuerpo. Miró alrededor y todo lo que vió era algo ininmaginable la noche anterior, pero por algun extraño motivo, todo parecía tener sentido, estar dotado de esa sensación de sentirse tan cerca de casa, a pesar de no recordar en absoluto ese significado. Caminó lentamente, sintiendo cada grano de arena entre sus pies, con pausa pero con determinación.

El agua lamía la orilla y la refrescaba del calor sofocante, y la apremió a continuar hacia unas palmeras cercanas, solitarias en medio de esa estepa de arena y agua. En la rama se sostenía un Loro del tamaño de un gran danés, nunca se imaginó que semejante animal podría existir, pero no dudó ni un momento y le preguntó sin imutarse, ni pararse a pensar en lo que estaba haciendo “Perdone, quizá haya visto usted a un chico vestido a rayas y con un palo larguísimo y un ukelele” El loro la miró, gorgojeo, y sin prestar atención le contestó “Mala costumbre tenéis de siempre molestar a los mismos, por supuesto que le he visto, pero ya estará lejos”. Miró alrededor, extrañada. Sólo alcanzaba a ver agua, arena y cielo. “¿Cómo puede ser? Pensé que me esperaría”. El loro notó la aflicción en su rostro, y la invitó a subir sobre él, sin un atisbo de simpatía, pues ya estaba acostumbrado a que esas cosas le pasasen.

Alzaron el vuelo y se fueron alejando de la pequeña isla en medio de ninguna parte, o quizá era todo lo que existía en ese momento; Sobrevolaron un cable que pendía sobre el gran océano, y en medio de ese cable un chico vestido a rayas sujetaba un largo palo perpendicular a su cuerpo y paralelo al mar, avanzaba caminando con paso lento y concentrado. Le gritó, intentó llamar su atención, pero el continuó. El loro descendió en vuelo raso a la vista del chico, que sonrió y saludó; A su espalda llevaba colgado un ukelele de color madera, curtido por los rayos del sol. Sin previo aviso, ella se lanzó hacia él saltando del lomo del Gran Loro, que recobró el vuelo. El chico la miró con cara asustada, ella sonrió y se sentó en el cable y esperó a que él llegara a su altura. Cuando él se aproximó le pidió que le tocará su canción, él sonrió, se sentó y tocó. En ese momento ella volvió a recordar lo que se sentía al volver a estar en casa.

Escrito por: Antonio Lopez Morillo > trepadorman.blogspot.com
Ilustrado por: Emo Díaz > www.emodiaz.com

 


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