El mural de las bellas damas

mayo, 2014

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Álvaro no pudo resistir la tentación: dejó la copa de vino en el suelo, se desnudó y se deslizó en la tibia agua hasta llegar al islote. Sirviéndose de la fuerza de sus brazos, salió a la superficie y montó sobre la hamaca colgante que se balanceó al recibir el peso de su cuerpo. Echado sobre ella, notaba el cosquilleo de las gotas que resbalaban por su piel mojada mientras observaba las curiosas figuras que las nubes adoptaban sobre su cabeza, a través del techo acristalado. Entornó los ojos y, entre ellas, fueron apareciendo rostros femeninos dulces y picarones y tras ellos, cuerpos desnudos y generosos, suaves como la seda. Se acercaban a él nadando, con sus largas cabelleras flotando en el agua y sus redondos culos emergiendo a la superficie. Deseaba ver sus pechos pero la espuma se lo impedía y decidió consolarse acariciándose el pubis. Su pene no tardó en despuntar y las damas se apresuraron para llegar a él.
Tan sólo dos brazadas las separaban del islote y el corazón de Álvaro latía con fuerza al imaginar el esperado e inminente encuentro: una tras otra, él saboreando sus pezones y ellas acariciando sus genitales “¡Mmmm!”, suspiraba sintiendo como le subía la excitación.
Pero un estruendoso trueno interrumpió con brusquedad su fantasía y en un instante, el viento de tormenta convirtió las esponjosas nubes en espesos nubarrones. Álvaro se incorporó confundido por aquella inoportuna interrupción y bajando de la hamaca, se zambulló en la piscina. Nadó despacio, disfrutando de las caricias del agua templada en su miembro, imaginando que eran los dedos de sus damiselas los que provocaban aquella placentera erección.
Al llegar a la escalera, el cielo estaba gris y los focos de las paredes se habían encendido, iluminando la estancia con una tenue luz. Entonces, descubrió los murales. Se acercó a ellos, dejándose atrapar por eróticas escenas en las que voluptuosos pechos y atrevidos penes protagonizaban orgías donde el sexo y el vino eran los protagonistas.
—¡Pero qué entorno más lujurioso!— exclamó pasando de un mural al otro; hasta que al llegar al último…Allí estaban sus bellas damas, contemplándole con lujuria y mostrándole, ahora sí, sus pechos. La piel blanca contrastaba con una oscura aureola y unos gruesos pezones erectos pedían ser lamidos y succionados por su boca masculina; a cambio, sus miradas traviesas le prometían acariciar sus genitales con unos dedos hábiles y juguetones, ya inquietos por empezar.
Álvaro estaba fuera de sí, preso de una perversa enajenación. Cogió la copa de vino del suelo y la vació de un trago. Era como tener un harén pero sin derecho a roce, con aquellas féminas de generosas curvas, invitándolo a agarrarse a sus anchas caderas y a disfrutar de su tacto. Ellas estaban impacientes y empezaron unas a tocarse y otras a masturbarse entre ellas. Él ya no podía esperar más y con su capullo al aire se arrimó al mural, fregándolo con la vulva de una de las damas. La rugosidad del óleo le provocó un inesperado gemido y las compañeras le miraron con deseo, y a ella, con envidia. Era como un sueño hecho realidad, rodeado de bellas mujeres, deseado por todas y cada una de ellas,… ¿excepto por una?
Se distanció de la pintura y la miró con detenimiento. Fumaba impertérrita, indiferente a su masculinidad. Sus ojos grandes y almendrados lo miraban de reojo con lascivia, pero sin invitarle a nada. Sus pechos altivos y puntiagudos, realzados con certeros implantes, amenazaban en caso de ver peligrar los provocadores pezones que cobijaban. Él no podía quitarles ojo, al igual que tampoco podía dejar de mirar aquellos labios de relleno carnoso con los que acogía un delgado pitillo. Ella se dio cuenta, se deshizo del cigarrillo y exhaló el humo juntándolos y engrosándolos hasta casi rozar su sofisticada nariz respingona con el labio superior.
Álvaro quedó hipnotizado contemplando aquel gesto trivial que tantas veces había observado en otras féminas y que nunca había tenido el deseo de catar. Pero por una ilógica razón, en aquel momento deseaba más que nada compartirlo con ella y así se lo insinuó; más, a pesar de sus ruegos, ella le siguió ignorando.
“¿Cómo podía ser tan fría, cruel y egoísta, solo pensando en su pitillo? ¿No se daba cuenta de que la había escogido a ella cuando las demás se morían por estar conmigo?”, se preguntaba desesperado.
Hecho una furia, volvió a aproximarse al mural, con su miembro fuera de sí, babeando; pero ella, ni se movió. Con un ataque de exasperación, Álvaro frotó su miembro con insistencia contra el lienzo, tanteando un clítoris inexistente. A ella no le disgustó, pero tampoco dijo nada y él lo consideró como un sí. Sabía que en el fondo deseaba ser poseída por su falo, al igual que sus compañeras que seguían masturbándose como único consuelo. Cerró los ojos y lamió la superficie en busca de sus pezones, y a pesar de su gusto amargo, no le importó. Se dejó llevar por su delirio hasta que sus gritos de éxtasis acallaron la tormenta y saciaron su ansia.
Al abrir los ojos de nuevo, todo a su alrededor estaba en silencio y a oscuras. La lluvia había cesado y solo se oía su respiración entrecortada y el paso del agua de la piscina por el sumidero. Seguía de pie, esperando poderla ver de nuevo, observar su cara de éxtasis, decirle cuánto había disfrutado…Y al fin, un relámpago iluminó el mural en el que ella seguía impertérrita fumando con placer, el cigarrillo del minuto después.

 

Escrito por: Carme Barba Garrido > erotica-carmebarba.es
Ilustrado por: Núria Aparicio Marcos > lapendeja.com

 


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