El orden de los Factores

octubre, 2012

B. bajó al metro cansado, había sido un día largo en la oficina. Últimamente todos los días eran largos en la oficina. Cuando entró en la empresa hace tres años era diferente, en su departamento empezaron a la vez cuatro jóvenes y había buen ambiente. De ellos sólo quedaba él, aunque seguía habiendo trabajo para cuatro. B. sabía que debía de sentirse con suerte, era el único que había sobrevivido a la avalancha de despidos, pero se sorprendía muchos días deseando no haber sido el elegido.

Llegó el metro y se sentó al lado de la ventanilla, a las nueve y media de la noche de un miércoles no había problemas para coger sitio. Iba con el tiempo justo, pero creía que llegaría puntual al lugar donde había quedado media hora más tarde. Mientras miraba por la ventanilla a la oscuridad del túnel, pensaba que lo único que le apetecía era ir a casa y meterse a la cama. Y ese pensamiento le entristeció. Le volvió a invadir el deseo de dejar su trabajo, de dejar toda su vida, y empezar otra vez, donde sea, haciendo lo que sea. Necesitaba vivir algo diferente.

Pero esa determinación le duró a B. dos estaciones. Era de los que se dejaba llevar por el camino marcado, y en el fondo sabía que no era capaz de romper con todo. No era de esos. Aun así, de vez en cuando, le gustaba fantasear. Como a todo el mundo.

Enfrascado como estaba en sus pensamientos, B. no se dio cuenta de la entrada de A. al vagón. Solo cuando la joven se sentó en frente suyo se percató de su presencia. Era rubia, de tez morena, y llevaba uno de esos pantalones shorts que estaban tan de moda. B. no pudo evitar quedarse mirando las bronceadas piernas de A. Al darse cuenta de su descaro, se sonrojó, y volvió a dirigir su mirada a la oscuridad de la ventanilla. Pero allí vio reflejado el rostro de la joven y, sintiéndose a salvo de ser descubierto, lo observó atentamente. Era muy guapa y su expresión melancólica la hacía aún más atractiva. Le pareció que tenía los ojos algo húmedos, como si hubiese estado llorando, aunque bien podría ser un efecto óptico creado por el cristal. Sin pensar en lo que hacía, volvió la vista para comprobarlo. Sus miradas se cruzaron y, en ese momento, B. estuvo seguro de que A. había sabido todo el tiempo que estaba siendo observada. Pero su expresión no era la de una persona molesta, al contrario, le dirigió una tímida sonrisa.

Avanzaron dos paradas más, durante las cuales volvieron a cruzarse sus miradas dos veces más. B. se sentía alagado por el interés de la joven y volvió a observarla con la esperanza de recibir otra sonrisa. Pero esta vez A. no le devolvió la mirada, estaba rebuscando en su bolso. Sacó una libreta y se puso a escribir algo en ella. Cuando la rutinaria voz del metro indicó el nombre de la próxima estación, A. se levantó de su asiento. Pasó a su lado sin mirarle pero, de pronto, B. notó como un pequeño papel caía en el asiento vacío que tenía al lado. Lo observó sorprendido y después miró a la joven, que estaba esperando en frente de la puerta a que el metro se parase. Lo cogió, estaba doblado cuidadosamente en cuatro partes. Lo desdobló y leyó lo que en él ponía: Si te gusto, sígueme.

A. caminaba nerviosa, sin atreverse a mirar hacia atrás. ¿Saldría detrás de ella? Por un momento pensó que se estaba volviendo loca. Cuando empezó a subir las escaleras se decidió por fin a volver la vista, deseando en parte que B. la estuviese siguiendo y, en parte, que se hubiese quedado en el metro. Pero allí estaba, unos metros detrás de ella. ¿Y ahora qué? Parecía un buen chico, la timidez con la que le había estado mirando la había conmovido, y el traje que vestía le daba un aire formal. Salió a la superficie, a la Gran Vía, y se tranquilizó. Siempre podía echarse atrás, pedir un taxi y desaparecer. Siguió caminando deprisa, sintiendo la presencia de B. unos pasos detrás de ella. Perdida como se sentía, decidió detenerse y esperar a que le alcanzara. Se miraron fijamente. “Llévame a un hotel”, se escuchó decir.

La determinación de A. asustó a B. ¿Sería una broma? No lo parecía, podía sentir los nervios de la joven detrás de aquella aparente seguridad. Se metió por una de las calles laterales, ahora él marcaba el camino y ella lo seguía, al lado suyo. Intentó pensar en un hotel cercano, pero su mente estaba en blanco. Miró nervioso la hora, desde luego iba a llegar tarde a su cita, pero no le importó demasiado. El destino parecía empeñado en hacerle vivir una experiencia diferente, tal y como había pedido hacía unos minutos, y no iba a dejar escapar la oportunidad. De pronto lo vio. Un hotel de cuatro estrellas justo a unos metros de donde se encontraban. Aliviado, se dirigió hacia allí y entraron. La recepcionista estaba ocupada hablando por teléfono y la espera produjo un silencio incómodo que ni A. ni B. se decidió a romper. Él aprovechó para sacar el móvil y enviar un mensaje rápido: “Salgo tarde del trabajo”.

“¿Qué desea?”. “¿Tiene alguna habitación libre para esta noche?”. “¿Cama de matrimonio?”. “Sí.”. A B. le pareció ridículo decir que no. Dio su DNI y la tarjeta de crédito, firmó un papel y recibió la llave. Subieron en ascensor al tercer piso, sin dirigirse la palabra ni rozarse. Parecían empeñados en evitar la mirada del otro. Pero cuando por fin entraron en la habitación, se vieron obligados a mirarse fijamente. “Nunca había hecho esto” dijo A. con voz temblorosa. “Yo tampoco” respondió B. mientras le cogía la mano y acercaba su cuerpo hacia el de él. Se besaron. Ella parecía haber perdido toda la determinación, así que fue B. el que la llevo hasta la cama sin dejar de besarla. Cuando le acarició los muslos, notó como la mano de ella lo detenía.

“Espera, por favor” dijo A. Estaba llorando. B. no sabía qué hacer. Las lágrimas resbalaban por las mejillas de ella, cada vez más. “Pensarás que estoy loca” dijo. “Qué va, tranquila” mintió él. La abrazó y le acarició el pelo.

“Lo siento” empezó a hablar A. al acabo de un rato. “Lo acabo de dejar con mi novio, he llegado a casa por la tarde y he visto como tiraba un papel a la basura, intentando que no lo viera, el muy cabrón”. B. seguía acariciándole el pelo. “Era la factura de la visa, más de la mitad de los cargos eran de un hotel, aquí en la ciudad”. A. no pudo contener la emoción y volvió a romper a llorar. Entre sollozos, la joven le explicó que su novio le estaba siendo infiel con su mejor amiga. Ella sospechaba que había otra persona, pero nunca se imaginó que fuese con su amiga de toda la vida. B. se limitaba a asentir y acariciarle el pelo. En un momento notó como el móvil le vibraba, pero decidió ignorar la llamada.

Después de media hora, A. le dijo a B. que sentía todas las molestias, pero que era mejor que se fueran. B. no puso ninguna objeción. Ella había dejado de llorar y volvían a sentirse dos desconocidos. Salieron de la habitación sin mirarse. En el hall del hotel A. insistió en pagar la cuenta, pero B., incómodo, le dijo que no hacía falta. Ella le dio las gracias, le besó en la mejilla, y se marchó. Al joven ni se le pasó por la cabeza pedirle el número de teléfono.

B. liquidó la cuenta, salió a la calle, y llamó a su novia. “Por fin he podido salir cariño”.

Escrito por: Jon Igual Brun > www.jonigual.com
Ilustrado por: Mayte Alvarado > losninjaspolacos.blogspot.com.es

 


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Un Comentario

  1. potage dice:

    😀