El tatuaje del Sr. Schmidt

junio, 2014

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Albertus Schmidt había sido pescador gran parte de su vida. “Un maldito y feliz pescador polaco”, como a él le gustaba definirse. Desde el puerto de Gdansk, el Sr. Schmidt había dado la vuelta al mundo varias veces. “El maldito puerto de Gdansk es siempre la casilla cero de este Juego de la Oca, hijo. Y el tablero… bueno, el tablero es el jodido mundo entero… ¿No es maravilloso?”. No había vez que no le brillasen los ojos al decirlo.

En Japón hasta se tatuó un pez.
Una noche de borrachera en el puerto de Kushiro, un viejo amigo del barco le retó:
-Tatúate un dichoso pez, demonios.
-¿C… cómo?
-Ahora, Albertus, hazlo ahora, maldita sea. Tatúate un dichoso pez.

Llamaron a Takuma, el maestro tatuador, que estaba al fondo del local y le convencieron para que le tatuase un pez en el brazo. Allí mismo, encima de un enorme barril de cerveza. Fue una noche divertida. El tipo era un puto genio. “Hasta con los ojos cerrados te podría hacer el tatuaje, Albertus. Hasta con los ojos cerrados, capullo”.

No fue hasta el día siguiente que el Sr. Schmidt se dio cuenta que entre la borrachera de uno y del otro, Takuma se había olvidado de tatuarle la pupila a su pez. “No importa” pensó. Cogió un rotulador negro y él mismo le pintó la pupila.

Después de ese día y para el resto de su vida, cada mañana el señor Schmidt cogía un rotulador negro indeleble y le pintaba la pupila a su pez.

“¡Qué absurdo, Albertus! ¡Tatúate la maldita pupila y listo!” le dijeron muchos a lo largo de su vida. Y el Señor Schmidt contestaba siempre con la misma placidez: “Nah. Uno tiene que ser consecuente con las decisiones que toma. Yo decidí hacerme un tatuaje borracho con un tatuador borracho. ¡Demonios, sólo le falta la pupila al dichoso pez! ¡Podría haber sido mucho peor, diantre!”.

Por eso lo hacía. Por eso y porque le recordaba tantas cosas… qué placer tener que recordarlas todas cada mañana. Justo después de ponerse sus gafas viejas. Justo después de lavarse bien las peludas orejas y de lavarse bien los dientes (el Sr. Schmidt nunca usó dentadura). Justo después de olfatear al aire para comprobar que Milena, su mujer, ya estaba preparando café. Abriría el pequeño armario de espejo, sacaría su rotulador negro indeleble y… “Vamos a dibujarte el ojo, sardina” sonreía el Sr. Schmidt.

Muchas veces, mientras se dibujaba con cuidado la pupila, todavía suspiraba. ¡Toda su dichosa vida dibujando a diario la pupila y todavía suspiraba! Cada día. ¿Comprendes?

Muchas veces, al terminar, le guiñaba un ojo.
Cuando el Sr. Schmidt era ya muy mayor y alguna vez que otra había estado ingresado en el hospital, su nieta Ilona cogía el rotulador indeleble y le dibujaba ella la pupila en el brazo. No porque él no hubiese podido hacerlo (¡Dios Santo, Albertus estuvo como un roble hasta el último día!). No. Era sólo que a Albertus le gustaba dejar que aquella criatura de tan corta edad se lo dibujase. Con sumo esmero y la lengua afuera.

De vez en cuando el Sr. Schmidt salía a pescar con Ilona. Solían ir al río Sokpomidorowy, un río menor de Polonia que en castellano significa literalmente “el río Zumo de Tomate”. Pero a pesar del nombre, un río es un río. Y como río, sus aguas eran dulces:

-¿En serio quieres pescar algo, Ilona?
-¡Claro, abu!
-Deja esos gusanos entonces, y pon de cebo una piruleta.
-¿Crees que va a funcionar?

Vaya si funcionaba. La última vez que fueron, pescaron un siluro de más de un metro.

Qué gran tipo, el Sr. Schmidt.

Si alguna vez pasas por Gdansk, no olvides llevar un rotulador indeleble en el bolsillo e ir a visitar su tumba. Oh, vamos, no seas tímido… ¡Ahora ya conoces su historia! Considérate amigo del Sr. Schmidt.
Reconocerás su tumba al toque: su lápida está cubierta de pequeños puntos hechos con rotulador indeleble. Eso es lo que hacemos todos los que conocemos su historia. Vamos allí y le dibujamos una pupila.

Ahora tú también conoces su historia. No olvides tu rotulador.

 

Escrito por: Lydia Beltri > nicethingstosayonathursday.blogspot.com.es
Ilustrado por: Paolo Furlan >

 


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