El Titiritero

febrero, 2013

Fuera, el temporal arreciaba. Un relámpago restalló en el cielo. El sacerdote tuvo una breve visión del Cristo crucificado y la vívida expresión de la talla le pareció más angustiada que nunca.

La puerta de la iglesia se abrió de repente. Entonces, un nuevo relámpa-go azotó el firmamento, silueteando la figura de un hombre embozado en una capa negra, guarecido bajo un sombrero de ala ancha

El desconocido avanzó despacio a lo largo del pasillo. Una joven de ca-bellos dorados y grandes ojos caminaba tras él, amordazada y con las manos amarradas a una soga como una res arrastrada al matadero. Estaba descalza y su único atuendo era un camisón.

–¿Qué buscas en la casa de Dios?

–Al Diablo –dijo, y desenvainó una espada reluciente–.

De un tirón, le arrancó el camisón. La chiquilla quedó desnuda. Trató de taparse con los brazos, pero el intruso se lo impidió y de un empujón la colocó frente al sacerdote, que la contempló aterrorizado.

–Por Dios nuestro Señor, es sólo una cria –gimió el sacerdote.

–No lo entiendes. No soy yo quien va a hacerle daño. Lo harás tú.

El sacerdote estaba tumbado bocarriba sobre el altar de su iglesia, desnu-do, jadeante. La joven yacía a su lado con los ojos extraviados y el rostro contraído en un rictus de terror.

El intruso apartó el cabello de la cara de la joven y le acarició el rostro casi con ternura.

–Se parecen tanto… El mismo pelo, los mismos ojos… Me parece estar viéndola a ella cuando tenía su edad. Es preciosa, ¿verdad?

–¿Por qué haces esto? –gimió el sacerdote.

Su captor tomó el cáliz de la iglesia. Lo llenó de vino y vertió dentro el contenido de una botellita metálica. Después le cogió de la mandíbula con una mano fuerte como una tenaza y le obligó a beber.

–¿Qué me has hecho? –preguntó con legua de trapo.

–Te he administrado una droga que te mantendrá inmovilizado durante un tiempo. Tengo que arrancarte el corazón.

El nigromante conformó un emplasto con la sangre de sus víctimas y la suya propia. Después, trazó un círculo en el piso alrededor de sus cuerpos. En cinco puntos equidistantes dibujó símbolos de poder, de tierra y de fue-go, de muerte y de vida, runas de significado oculto salvo para unos pocos. A cada una le correspondía un incensario. Uno a uno, los fue encendiendo con una vela.

Cuando estuvo listo abrió a la joven en canal. Extrajo sus entrañas con las manos desnudas y las colocó sobre el pecho de la chica.

Comenzó a devorarlas.

Cuando terminó, destripó al sacerdote extrayendo su corazón. Se arrodi-lló frente a la joven e introdujo el órgano en el hueco que anteriormente había ocupado el corazón. Con hilo y aguja cosió la carne y cerró la incisión que él mismo había realizado.

El nigromante tomó aire, inseguro por vez primera desde que entrase en la iglesia. Conteniendo la respiración, apoyó la cabeza sobre el pecho de la joven y aguardó.

Silencio.

Silencio.

Y luego, un latido.

Y otro, y otro, cada uno más firme que el anterior. Una sonrisa triunfal se dibujó en el rostro del nigromante.

Su venganza estaba a punto de consumarse.

Escrito por José Martín Ramiro > recienmuertos.wordpress.com
Ilustrado por Carlos lopez Martin > cargocollective.com/clmkepa

 


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