El trasplante del capitán Garfío

febrero, 2015

CAPITAN-GARFIO-
– Señor Garfio, tengo buenas noticias. La operación ha sido un éxito.
El Capitán Garfio pasó los siguientes días acariciando su mano derecha, admirando aquello que hacía bien poco había sido un garfio y ahora era una mano completamente funcional.
Al principio todo era felicidad. El Capitán podía ahora realizar actividades como bailar, fregar los platos o girar en el corro de las patatas con total libertad. Nunca le había entusiasmado el corro de las patatas, pero ahora ya no tenía excusas para no participar cuando se formaba uno.
El Capitán Garfio empezó a recapacitar. Iba a tener que acercarse al registro y esperar una de aquellas largas colas burocráticas para poder cambiarse el nombre. Ahora que le habían transplantado una mano no tenía sentido seguir llamándose a sí mismo Capitán Garfio. Aquello podía llevar a confusión.
Además iba a tener que acercarse a las rebajas para comprar un montón de guantes para la mano derecha, ya que hasta ese momento solo los había comprado para la izquierda. Pensaba, y con razón, que no tenía sentido cubrir un garfio con un guante. Pero, y esto cada vez le pesaba más, ya no tenía un garfio, sino una mano. Y las manos si que hay que cubrirlas con guantes.
¿Y las mujeres? El garfio siempre las había atraído como ballenas a un banco de plancton. ¿Cómo iba a sustituir aquel hombre la erótica de la maldad?
Pero lo que más le dolía no era nada de aquello. El Capitán se encontraba profundamente apesadumbrado porque ya no tenía excusa. Aquel garfio era el símbolo del daño que le había hecho Peter Pan al cortarle la mano y dársela de comer a aquel cocodrilo que desde entonces le perseguía. Era, a ojos de todos los demás, la razón que tenía aquel hombre para seguir comportándose como un ser vil y devolviendo al mundo el daño que éste le había hecho. Era la respuesta a la pregunta. ¿Por qué será ese Capitán Garfio un hombre tan malvado?
No tener el garfio hacía que el Capitán se tuviera que replantear su actitud hacia los demás.
Una semana después de la operación, el Capitán decidió ir a alimentar a los cocodrilos personalmente. Cuando se abalanzaron a por la comida, Garfio no apartó la mano.
Al día siguiente, observando su nuevo y rutilante garfio con una amplia sonrisa, pensó para sí: Puede que no tenga mano. Pero por lo menos tengo excusa.

Escrito por: David Caiña > lahistoriameconfunde.wordpress.com
Ilustrado por: Jorge Moraga > betunjudea.blogspot.com.es

 


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