Escúchame

febrero, 2014

Escuchame
Adrián pasaba más tiempo fuera del aula que dentro. Los profesores le repetían clase tras clase que para calentar la silla mejor que se quedara en casa. Él estaba de acuerdo, pero no así su madre que trabajaba de sol a sol para darle la mejor educación y que llegara a ser “alguien”. Adrián imaginaba que ese tal “alguien” debía ser muy importante pero no creía que tuviera nada en común con él. A sus 10 años era un niño introvertido y despistado que no conseguía despuntar en nada. Si por él fuera, saldría cada día a navegar con su abuelo, a dejarse llevar por el mar, sin ser el objeto de mofa ni desesperación de nadie. Don Ginés, marinero retirado y hombre parco en palabras, tenía 68 años y entre las muchas actividades que hacía, mantenía la costumbre de salir cada día con su pequeña barca. En alguna ocasión, más de lo que a su madre le hubiera gustado, Adrián se convertía en su polizón. Don Ginés jamás le había regañado, ni tan solo le pedía explicaciones, y aunque sabía que disgustaría a su hija, no impedía que esa pequeña tropelía se repitiera “¿Sabes lo que pasa, hija? Adrián se aburre en la escuela” le excusaba el abuelo, pero de nada servía este argumento. “Papá, trabajar de sol a sol tampoco es divertido pero hay que hacerlo, tú mejor que nadie deberías saberlo” y así Lola ponía punto y final a la discusión y empezaba a idear el castigo ante la falta de arrepentimiento de su hijo.
Tras su enésima expulsión Adrián decidió fugarse de la escuela e ir al puerto en busca de su abuelo. La espera estaba resultando larga bajo un sol que empezaba a provocarle dolor de cabeza. Sin pensarlo mucho, Adrián se lanzó al mar olvidando que la natación no era su fuerte. Tardaron en sacarlo y cuando lo hicieron su estado fue crítico. Al cabo de varias horas de incertidumbre el pequeño despertó. Al abrir los ojos, vio a su madre llorando, ahora de alegría, y a su incondicional abuelo, que levantaba la cabeza y susurraba un enorme agradecimiento. El médico les pidió calma, que no le atosigaran, que no era el momento de regañinas, ni de enfados. Y así lo hicieron. Cuando Lola salió de la habitación para llamar al trabajo, Don Ginés se acercó a Adrián y con la complicidad que les unía le preguntó bajito “¿Por qué lo has hecho, hijo?”. Adrián respondió como pudo: “Fue un accidente abuelo, tenía mucho calor, pero ¿sabes qué? ahí abajo, en el mar, todo es más fácil, más silencioso…” y Don Ginés se apresuró a completar la frase: ”¡y más peligroso!” le dijo seriamente. El pequeño no le rebatió pero, mirándolo con una sinceridad abrumadora para su edad, le confesó “lo sé abuelo, pero en el mar nadie me juzga”. El anciano no supo reaccionar. ¿Sería posible que durante todo este tiempo su nieto les hubiera estado pidiendo ayuda y no lo hubieran entendido? Cuando Lola regresó, mucho más tranquila, Don Ginés le dio una contundente orden “Hija, siéntate, tenemos que hablar los tres”. “Me sorprende papá, no solemos hablar mucho nosotros” respondió Lola. Don Ginés, con los ojos húmedo le respondió que lo sabía y le pidió de nuevo que tomara asiento mientras cerraba la puerta. Y entonces Adrián, sintiéndose escuchado y viéndolos despojados de cualquier prisa, verbalizó lo que durante tanto tiempo solo había compartido con el mar.

Escrito por: Mireia Serrano > mireiaserrano.wordpress.com
Ilustrado por:Lucas Zarraluki Rubió > lucas.zarraluqui.3

 


Send to Kindle