La jaula

febrero, 2013

No es esto lo que quiero en mi vida, le diría. Esto no pasa de hoy, piensa. Se sentaría delante de él y lo miraría a los ojos. Escúchame. Él la mirará atentamente, en silencio, expectante.

Se imagina a sí misma dando un largo discurso inicial sobre sus sentimientos. No, se detiene un momento, él no se va a quedar callado, seguramente dirá algo como ¿Pero esto a qué viene?

Pues viene a que no aguanto más, le dirá, segura de sí. Por esto, por lo otro y por lo de más allá. Su argumento será irrefutable, comprensible. Él la escuchará atentamente, expectante. Bueno, tal vez no la escuche atentamente… pero, diga lo que diga, la elocuencia de ella será suficiente, sí. Le hará entender todo. Esta vez sí. Le hará entender todo.

Esto no es lo que quiero en mi vida. Empieza de nuevo, esta vez mirándose en el espejo. Te escucho, dirá él. Siendo realista, nunca lo ha oído pronunciar estas palabras. Se enfada al pensarlo. Esto no es lo que quiero en mi vida, o, mejor, Estoy harta de esta situación, tenemos que hablar. Lo sienta imaginariamente de nuevo a la mesa para empezar desde cero su largo y elocuente monólogo, al principio encendido, más calmado y humilde conforme va hablando. Y él la mira atentamente, en silencio, expectante.

Las llaves suenan en la cerradura. Por fin, ya está aquí.

Él entra algo agitado, explicando que su autobús se averió y que los han tenido que venir a recoger. Dice que ha picoteado algo mientras esperaba y ya no tiene hambre como para cenar. Ella tuerce el gesto, se le desmorona el guión.

Está irritada con él y con el mundo exterior, le dirige una mirada esquiva.

¿Qué te pasa? Pregunta él. Nada. ¿Seguro? Nada, no me pasa nada.

Y su silencioso discurso de palabras no dichas, se eleva en el aire lentamente, entrelazándose, formando una pequeña maraña sintáctica. Y ocurre que, aunque ella no puede verlo, sigue subiendo pausadamente, como si fuera un globo, hasta que queda enganchado en el signo de interrogación de alguna pregunta que nunca fue formulada. Pero no están solos: ahí, a la altura del techo, hay un tupido entramado inconexo, formado por la acumulación de muchas palabras que ella no dijo a lo largo del tiempo, otras son las que no dijo él, y también las que él dijo y ella no quiso oír, o las que ella pronunció sin querer decir… Y se había comenzado a extender hacia abajo, como una cera que gotea, formando extrañas estalactitas.

Me voy a dormir. Adiós.

Y mientras cierra la puerta echa también a volar esa última palabra, que se posa traviesa sobre un No que se disfrazó de Sí, y junto a muchas otras palabras sin contexto que fortalecen un poco más los barrotes de su invisible, sinsentido y voluntaria jaula particular.

Escrito por Eva Clemente > www.evaclemente.com/galeriarelatos.htm
Ilustrado por Karen Bel > www.striking.ly/karen-ilustraciones

 


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