La pecera

enero, 2013

La escafandra siempre me resultó como una pecera. Y mis ojos como dos peces de memoria breve, boqueando de un lado para otro, sin rumbo fijo, desorientados. La metáfora pierde mucho teniendo en cuenta mi estrabismo, qué se le va a hacer.

Cada vez paso más tiempo en la pecera. Salgo al exterior a trabajar y, visto lo visto, cada vez hay más trabajo. La luz naranja parpadea de forma insistente hasta que la puerta 4R0 se abre y el sensor detecta mi salida. Junto a la luz, suena una alarma menos ruidosa que impertinente. Hablé con mi supervisor y le expliqué que siempre estaba preparado antes de que se encendieran luz y alarma, que era más feliz en el exterior que dentro, que nunca se me olvidaba salir a realizar mis tareas de basurero espacial. Pero la consigna de la Compañía es que nadie se fía de nadie. No es una consigna pública ni un eslogan pero es lo que piensan en realidad. Así que no me queda más remedio que soportar el piiip-piiip durante los cinco minutos que tardo en salir.

Como decía, cada vez paso más tiempo en la pecera. A veces, dentro de la Estación Intermedia de Limpieza “Estrella Brillante”… Sí, a mí también me da vergüenza ajena pero así la bautizaron. Dentro de la estación sufro repentinos ataques de soledad. Soledad, amargura, angustia… cosas así. No hay nadie con quien hablar y, sí, el modulador de voz del ordenador de a bordo es fantástico, un 99% de similitud con la voz humana pero, qué queréis que os diga, no es lo mismo. Soluciono mis dolencias colocándome la escafandra. Solo la escafandra, sin el resto del traje. No recuerdo el reglamento de memoria pero debo contravenir media docena de normas haciendo algo así. Sin embargo, es lo único que me calma. Me gusta que la pecera se empañe con mi aliento. Me gustaría poder meter dentro la mano y hacer dibujos en el vaho con el dedo índice. Como si viajara en el coche de mis padres y estuviera lloviendo y las ventanillas se hubieran empañado y estuviera aburrido de ir allí dentro y no me atreviera a preguntar, otra vez, cuánto falta para llegar y tampoco quisiera llegar a ningún lado.

Hace unas semanas sufrí un pequeño accidente en el exterior. Por error toqué el botón de regulación de presión o algo por el estilo. No puedo dar detalles técnicos, soy solo un basurero, cósmico pero basurero al fin y al cabo. Me pareció que el oxígeno se mezcló con algo del vacío espacial. Sea como fuere, experimenté algo así como un cuelgue espacial. Fue como estar en mitad de una serie de dibujos animados al tiempo que me atiborraba de golosinas.

Sé cual es el botón y le he llamado el Botón de la Felicidad. Vale, no es original pero no da vergüenza ajena. También podría llamarle Botón Mamá. Y es que mi madre decía que la felicidad no existe, que es solo esos momentos, más bien instantes, en que, de repente, y sin saber cómo ni por qué, lo ves todo de color de rosa, el aire te parece más limpio, ves con más claridad y todos tus problemas declaran tener una solución al alcance de la mano. La felicidad como viene se va, hasta la próxima, si es que vuelve. Mi madre tenía razón pero yo tengo ahora un botón que cada vez que lo aprieto me hace verlo todo color de rosa, que el aire me parezca más limpio y etcétera.

Puestos a confesar, reconoceré que también le llamo el Botón Plomo. Veréis, desde hace años, he ido a todas partes con una pistola. Una que compré en un callejón oscuro una noche en que no sabía lo que estaba pensando. La pistola era para mí algo así como un seguro de autonomía. La Compañía podría enviarme aquí o allá, Raúl podría abandonarme para siempre, la Vida podría mover sus hilos como si yo fuera una marioneta de mierda pero cuando yo quisiera, cuando a mí me diera la real gana, podría volarme la tapa de los sesos y a tomar por culo. Esa decisión estaba en mi mano y eso me reconfortaba. Pero al embarcarme rumbo a “Estrella Brillante” mi pillaron la pistola y se la quedaron. Eso me supuso una gran inquietud. Aunque ya no me importa. Tengo mi botón. Si lo presiono solo un poco, experimento un breve acceso de felicidad. Pero, si lo presiono un poco más, la felicidad será duradera, para siempre. Y solo es cosa mía apretar poco. O apretar mucho.

Escrito por: el hombre ama de casa > www.elhombreamadecasa.com
Ilustrado por: Cristina Borobia, alias Don Transparencia > www.cristinaborobia.blogspot.com.es

 


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