La vida de Rodrigo

agosto, 2013

La vida de Rodrigo

 

Rodrigo no amaba los objetos, no de la misma manera como los amaba su padre. No con auténtica devoción, no como si tuvieran alma, sueños o miedos. No como se ama a una persona. Su padre podía pasarse horas y horas abriendo las cajas que le llegaban de las diversas empresas para las que trabajaba contemplando ollas, sartenes y cuchillos, acariciando con la mirada teléfonos, radios y despertadores, desnudando de un vistazo lotes de maquillaje, máquinas milagrosas para adelgazar y batamantas. Él hacía ver que sólo abría las cajas para asegurarse de que todo estuviera en orden, pero Rodrigo había aprendido a reconocer sus miradas. Sabía qué puntuación daba su padre a cada objeto sólo por cómo movía sus labios, por la posición de las cejas o el ritmo de la respiración. Había aprendido a conocerlo hasta tal punto porque no tenía nada mejor que hacer. Hasta donde alcanzaban sus recuerdos siempre lo había acompañado, al salir del colegio, a vender objetos a domicilio con la eterna Volkswagen blanca e impoluta. Era tan aburrida esa furgoneta que ni siquiera había sufrido nunca una ralladura, un golpe, ni una cagada de paloma, seguramente los mismos pájaros se aburrían de sólo mirarla y decidían depositar sus necesidades en otro vehículo algo más vivaracho, había pensado él siempre. Nada más. No hacía los deberes, ni jugaba a fútbol con otros niños de su edad, ni siquiera caminaba nunca veinte metros seguidos para ir a ningún sitio. Su padre aparcaba siempre lo más cerca posible de los domicilios, se contemplaba unos segundos en el espejo retrovisor del coche y después ensayaban. A ver esa cara. Más triste. Más. No me das pena. ¿Se puede saber qué te pasa hoy? Hay que vender ese televisor como sea. Vamos, hombre, con ese jeto no te daba yo ni un paquete de chicles. Y así un día tras otro, iguales e imperturbables. Y su padre, en su verborrea infinita en el umbral de la intimidad de cada uno de sus posibles clientes, les sacaba todas sus virtudes, y lo hacía tan bien que muchas personas creían que realmente iban a ser más felices a partir de ese momento, porque esa faja increíble para realzar los senos iba a marcar un antes y un después en su vida.
Así las cosas, un día, y exactamente diecisiete años y dos meses después de su nacimiento, la vida de Rodrigo cambió. Su padre había mejorado en los últimos años su reputación en la empresa, estaba dentro del ranking de los diez comerciales que más vendían y la última vez que había visitado la sede de la compañía hasta le habían dedicado un aplauso varias personas, o al menos eso contaba él, extasiado y con los ojos al límite de sus órbitas. Así que la empresa le amplió el radio territorial y lo envió a las provincias de la costa, donde el cliente era de más categoría y de rebote también los objetos que él vendía. El padre de Rodrigo no cabía en su alegría. Su mirada se había transformado, y ahora era más salvaje, algo incluso más inhumana que antes, y su media sonrisa permanente destilaba algo que Rodrigo nunca antes había percibido, algo que no presagiaba nada bueno. Y entonces, una hora y media después de haber partido de la ciudad su padre paró a repostar. Y Rodrigo: Tengo que ir al lavabo. Y él: Sí, sí… Y al girar la esquina para dirigirse a los servicios Rodrigo vio por primera vez el mar. Y a los pocos segundos, aún completamente anonadado por la visión, oyó el estruendo perfecto del motor de la furgoneta más aburrida de la Historia y supo que por fin había pasado, que su padre se había olvidado de él. Como supo también que no volvería a buscarlo. Lo primero que hizo después fue desnudarse y bañarse en el agua tibia del mar.

Escrito por: Judit Marrasé > www.judithmarrase.blogspot.com.es
Ilustrado por: Cinta Villalobos > cintaillustration.com

 


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