Las gotas

diciembre, 2012

Yo ya no sé cómo hacer, te digo, es terrible como llueve afuera. Lánguida, inmutable, silenciosamente. Hace días que no aclara el cielo, días que no se quita esta luz opaca de pasillo inglés y paredes alfombradas. Pero lo alarmante no es el tedio del clima, lo peor es que ya no estoy seguro de querer que llegue el sol, así, tan fácilmente. Mis pretensiones de un cielo azul se han ido tiñendo de una ansiedad por desgarrar violentamente esta pasividad, ¡necesito que el cielo se desborde de vigor! El hartazgo que me provoca esta garúa solo se podría anular con una tormenta de truenos retumbando y baldazos de agua abofeteando las calles. Sin embargo nada, es el quinto día consecutivo con esta inquebrantable y estúpida lluvia calando despacio y hondo como una agonía. Los días se desatan y se tornan incómodos como si encerrasen una mosca dando vuelta entre sus horas. Por eso te digo, que un tímido sol asomándose ahora, ya no tiene sentido para mí. Lo viviría como una derrota a mi juventud.

Afuera todo es humedad. Salgo al balcón buscando la decisión de salir a dar un paseo o quedarme en casa. Sin embargo el paisaje de persianas lloviznadas y autos estacionados me sella un mensaje que no logro entender. Me siento contagiado.

Busco gotas cayendo desde el techo de mi balcón pero en su lugar encuentro un aire húmedo. ¿Dónde están mis fascinantes gotas con sus cuerpos de agua? Dónde está la lluvia esa que cuando empieza a hablar en la ciudad, ruge y nos lleva a refugiarnos en portales hasta que acampe, exigiendo respeto, obligándonos a notar su presencia. Asomo la mano por la baranda del balcón y veo que no hay luz que haga brillar mi piel, tan solo la veo transpirar vapor. Quiero gritar, quiero que llegue ese chaparrón que encuentra su camino en cuestión de segundos y se burla hasta del zapato más impermeable; de esa lluvia que se esparce por los calcetines como un manchón de tinta y llega hasta los dedos de los pies para arrugarlos y empalidecerlos.

Ya ves, es espantoso como llueve afuera, y sin embargo, adentro mío, ruego que el sol tenga el coraje suficiente para llegar partiendo el cielo a hachazos.

Escrito por Sebastian Salvador > alaspalabraselasllevaelviento.blogspot.ch
Ilustrado por Martutxa Casares > www.martutxa.com

 


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