Nuna y Cuy

enero, 2014

Nuna-y-Cuy
Mis ojos siguen la trayectoria de una oruga que está surcando el ventanal. En su avance ha dejado una estela húmeda que se está desvaneciendo al mismo ritmo que mis últimas dudas. Giro la cabeza y vuelvo a mirar al frente, hacia la puerta cerrada. Él sigue hablando con la misma cadencia tenaz. Por un momento finjo prestar atención a lo que me está diciendo. En realidad, presto más atención a su boca que a las palabras que salen de ella. Tiene los labios carnosos con un marcado surco bajo la nariz. Mi mirada desciende hacia su mentón firme, poblado con una tenue barba. Sus manos se mueven en el aire frenéticamente, describiendo líneas imaginarias, como si pretendieran guiar a las palabras para que lleguen mejor a mis oídos. Termino el reconocimiento visual descendiendo hacia sus piernas. Las tiene cruzadas y sobre ellas su perra olfatea el hocico de Cuy. Éste se ha puesto a babear y algunas gotas están manchando mi manga. Dejo al perro en el suelo y, como si al hacerlo hubiese eliminado una barrera, llegan a mis oídos las palabras que he estado viendo salir de la boca del chico pero que hasta ahora no había escuchado.
“… todas las tardes voy con Nuna y paseamos entre los algarrobos. Es un lujo ese parque, créeme.”
Puede ser por el tuteo, o más probablemente por la atracción que estoy comenzando a sentir por él, la cuestión es que una pregunta acaba de salir de mi boca antes de que acabe de formularse en mi cerebro.
– ¿Se puede ir sin perro a ese parque? -digo mirándole fijamente.
Le he cogido desprevenido. Tarda en contestar. Aparto mis ojos de los suyos, pero noto, de soslayo, que él sigue mirándome fijamente. Por fin contesta.
– No, no. Es un parque, ya sabes. No se puede ir a hacer footing, ni nada de eso, salvo que lleves…
No escucho el final de la frase, ha sido sepultado bajo el chirrido de la puerta de la consulta.
– El siguiente -dice la enfermera asomando fugazmente la cabeza.
Me levanto y avanzo sin despedirme. Cuy me sigue.
Al entrar veo a la veterinaria, me espera de pie, junto a una camilla de operaciones. Ni rastro de la enfermera. La veterinaria me coge el antebrazo y me acompaña hasta su escritorio. Desde algún lugar oculto entre los armarios, que forran las paredes de la consulta, aparece la enfermera, coge a Cuy y lo recuesta sobre la camilla. Escucho como lo tranquiliza. “Buen chico, esto no te va a doler.”
La veterinaria se ha sentado en el escritorio y me entrega una factura.
– La tarifa es un poco especial. Ya sabe que el… que este… tratamiento no se rige por ningún protocolo -le ha costado encontrar un eufemismo apropiado. Tratamiento es una buena elección. De todos modos, no sé por qué se esfuerza, no le he preguntado. Ya sé que me está haciendo un favor. Un favor sucio, de esos que solo se pueden hacer a cambio de dinero. Además ella misma me lo propuso. Recuerdo sus palabras “sería peor una perrera”.
Saco los nueve billetes de cincuenta euros del sobre y los dejo sobre la mesa. Me levanto dispuesta a marcharme. No miro hacia la camilla.
La enfermera, me hace una pregunta antes de que alcance la puerta.
– ¿El collar lo quiere?
Desvío ligeramente la mirada hacia ella, solo alcanzo a ver la jeringuilla que sostiene en la mano. Sigo avanzando. La puerta cerrándose tras de mí es todo lo que encontrará como respuesta.
En la sala de espera el muchacho ya no habla. Sentada en la silla que antes ocupaba yo, hay una adolescente con una iguana dentro de una jaula. El chico está intentando llamar la atención del reptil introduciendo el dedo meñique dentro de la jaula. La adolescente le mira y sonríe mostrando unos dientes muy blancos. Ni él ni la muchacha se fijan en mí. La perra, que está inmóvil con la mirada clavada en la puerta cerrada de la consulta, tampoco parece verme. Durante el segundo que tarda la primera lágrima en resbalar por mi mejilla, la imagino convertida en una estatua de piedra.

Escrito por: Miguel Torija > lacolinanaranja.blogspot.com.es
Ilustrado por: Magda Kowalska > magdakowalska.com

 


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