Olor

marzo, 2013

Recuerdo aquel olor tan peculiar. Se metió tan dentro de mí que ahora me resulta de lo más familiar. Cuando me lo encuentro me trae a la memoria una escena llena de sordidez. Es una mezcla de olor a pis, sequedad y desalientos pestilentes, jadeos irregulares.

De repente paró. La miramos. Tenía la boca abierta, permanecía extrañamente inmóvil. La llamamos.

-¡Tía, tía!

No respondía. La movimos sin demasiada delicadeza.

-¡Tía!

Hizo una mueca de molestia y dolor que me recordó al señor Valdemar saliendo de su estado mesmérico, pero no se descompuso como ocurrió en aquel extraño caso sino que volvió a respirar pesadamente. Nos miramos sin ningún susto, más bien con ávida curiosidad. Estábamos asistiendo a la muerte. Nos quedamos en pie, quietos, esperando a que volviese a ocurrir.

Una respiración, otra respiración.

De nuevo cesó. Sin más. Paró.

Esta vez no volvimos a zarandearla. Pensamos que era muy fácil devolver a alguien la vida. Tan fácil como dejar que muera.

A veces siento ese olor previo a la muerte. A veces siento lástima, pero casi siempre no, como aquella noche en que, siendo a penas un adolescente, asistí con mi hermano gemelo a la muerte de la tía Candita. Doña Cándida Méndez Feijoo. Mujer infeliz y atormentada por sus recuerdos y por sus sobrinos hasta el último suspiro de su vida.

Escrito por: Velpister > velpister.blogspot.com.es
Ilustrado por: Rocío Salazar > rociosalazar.com

 


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