Un amor de otoño

noviembre, 2012

A veces te encuentras con un por qué, y te gustaría encontrarte con un cuando. Cuando quieras, como desees. Luego están las explicaciones. De dónde eres, cómo te llamas, tus padres provienen de no sé dónde, veo que eres alta pero yo te saco cuatro centímetros, sonríes con facilidad y tu risa provoca una cadena de atentados contra la seriedad. Te cuesta sobrepasar la línea de la ingenuidad pero después de muchas vueltas en tu almohada sabes que antes de que se hunda en los sueños más profundos debes hacer un esfuerzo por presentársela y matizar que puede mutarse en otras virtudes o delirios. No sabes, claro, si eso es amor o entusiasmo o un simple ‘me gusta’, hace tanto tiempo que no hallas complicidad que las hojas caen al suelo y te dedicas a recogerlas para hacer una montañita estival que vas a quemar en una hoguera que no tiene queroseno sino esperanza y algo de pimienta.

Te pierdes en su conversación, ¿qué? Ah, claro, te gusta Emma Bovary, ¿pero esa mujer no es un poco idiota y al final no se suicida? Ya, es muy romántica. Es que dejé de ser romántica el mismo día que me di cuenta de que la realidad dicta leyes que el amor no puede. Te quedas pensativa, porque no será por pensamientos, la cabeza te va a dos mil quinientos aunque no sabes cuál de ellos escoger en el aluvión de afirmaciones que te gustaría hacer. Mejor hablamos de películas, tu preferida ‘La edad de la inocencia’ de Martin Scorsese. De Martin Scorsese me quedo con ‘Uno de los nuestros’. La sangre en cada una de ellas hierbe diferente. Recapacitas, muy bonita la historia de Newland y la condesa Olenska pero que yo sepa es imposible. Tu culo inquieto remolonea en la silla, esta chica no vive en el mundo, no va a ser capaz de entender que los besos son acuosos, que cuando se hace el amor se suda y que las miradas están para preceder al cuerpo y que lo demás ya se verá y que si no se ve será porque era invisible o no existía o fue un espejismo o sencillamente es que ya se ha ido.

Después de algunas citas, comprendes que le da igual, que está a gusto contigo pero podría estar a gusto con un bonsai o un potus, porque tú también eres verde y te gusta Lorca que canta a su amor humano. ¿Pero a Lorca no lo mataron por rojo y maricón cuando tenía 38 años? Ahora sí que puedo preguntarle la edad, aunque me callo, con la cantidad de misterios que existen en la vida, uno más ya no me importa. Hablo con los amigos, con las amigas, y todos dicen lo mismo, o le plantas un acuoso o la dejas por imposible, esta chica no vive aquí, se mudó a un ático de jardines colgantes cuando se hizo mayor y no quiere hacer parapente. Oye, ¿a ti te gusta volar? Le pregunto cuando ya empezaba a bostezar, ella, no yo, porque soñar no sé si sueña pero sueño esta noche le ha entrado, justo cuando las dos callábamos y tenía una oportunidad. No le gusto. ¡Cómo vas a gustarle si bosteza! Es una ley física. Llega la noche, se acumula el cansancio del día y la gente tiene ganas de estirarse y descansar, eso implica bostezos y desconexión. Contesta, yo sueño mucho pero despierta despierta me cuesta, soy más pragmática. Ahora sí que me ha partido en dos. No la entiendo, ¿cómo se puede creer en esa ficción en la que ella cree y decir que se es pragmática? Me descoloca. Miro el reloj que ya no marca las horas sino los años desperdiciados en esta contradictoria mujer. Paso de esperar la respuesta. Sin embargo, contesta a otra pregunta que no he hecho. Sí, me gustas, pero estás tan perdida que voy a llevarte a un laberinto para que primero te encuentres y luego llegues a mí. Me quedo parapetada en la silla y cada vez me alejo más de una cámara imaginaria que no quiere acercarme a la chica de la película. Oye, pero yo no quiero ser ni el minotauro ni Teseo. Ni yo Ariadna, no te digo. ¿Y a qué clase de laberinto tienes pensado llevarme? Lo estoy sopesando, mañana ven bien preparada porque no será el día de la marmota sino el día de los cuerpos celestes. ¿Tú crees que puedo cambiar de color y dejar de ser verde para ser celeste? Yo creo que puedes ser del color que elijas y a partir de ahí vencer los miedos que te hacen tan discreta. ¿He sido discreta, tú crees? La chica, la mujer celeste se levanta y me invita y yo bebo el vino que queda porque de lo contrario conciliar el sueño va a ser labor de muertos.

Al día siguiente me pongo a trabajar en mis músculos de intuición, ¿voy a ser capaz de superar el laberinto o voy a perder camino como las tribus antiguas perdieron su inocencia? Recibo un mensaje anónimo de un teléfono que no conozco que me hace unas indicaciones para que no salga de casa. Al cabo del rato, alguien pica al timbre y descubro una mujer nueva con gafas de sol y el pelo mojado. Trae una maqueta del plano de una isla perdida del Pacífico debajo del brazo. No te lo he dicho pero soy arquitecta, es que eres muy preguntona. Con el arganboy de cuando era pequeña vestido de astronauta pululo por la maqueta y cuando me doy la vuelta su desnudez me sonroja. ¡Qué blanca y que rubia es! Pareces rusa. Es que juego mucho al ajedrez y no me gusta perder. Pues me toca mover ficha. Le pongo una sábana y la cojo en brazos. Me parece que hacemos el amor, o hacemos la nutria que para el caso es los mimos; igual, aunque con piel mojada, diferente. Me pega un par de tortas y yo me quejo. Eso es para que no pienses que esto no está pasando, porque eres capaz. Una vez superado el laberinto, ¿qué prueba me vas a poner? Vivir. ¿En serio? En serio.

Así sea.

Escrito por: Laura Freijo > laurafreijo.com
Ilustrado por: Irene Fenollar > www.irenefenollar.com

 


Send to Kindle