Una nube cautiva

Enero, 2013

Ocurrió en una transitada ciudad de cielo gris, unos decalustros atrás, en un siglo donde se apostaba por la ciencia y los descubrimientos, un siglo cargado de misterio y envuelto por la sombría humareda de las fábricas emergentes a un ritmo atronador.

Había una dama, dueña de una pajarería muy cercana a la estación de ferrocarril y resulta que muchos, muchos eran los que la pretendían. Pero la dama solo le prestaba atención a aquellos que le hacían un presente y recibía bastantes de ellos, pues casi ninguno se daba por vencido.

Cerca de allí, vivía un hombre que quería sorprenderla. Deseaba hacerle el mejor regalo de todos. No podía comprarle joyas ni artículos de extremo lujo, pero pensó en obsequiarla con algo que realmente la sorprendiera.

Un día se animó a ir a hablar con ella con el pretexto de adquirir un pajarillo y así conocerla mejor. Compró un bonito ejemplar cantarín y tras el intercambio de unas cuantas palabras, decidió que debía enamorar a esa dama a toda costa.

Y después de mucho cavilar… ¡se le ocurrió una gran idea! Pensó que si ella admiraba a esas pequeñas aves era porque tener una en una jaula, resultaba similar a poseer un pedacito de cielo… Pero… ¿no sería entonces mucho más emocionante tener una nube? Seguro que nunca nadie le habría regalado algo así.

Sin más dilación, liberó al pajarillo de la jaula y se dirigió al campo, lejos de la ciudad y no paró hasta que consiguió atrapar una nube del firmamento, así ella podría ver de cerca el cielo que de verdad se escondía tras toda aquella densa y frecuente humareda.

Y en la misma jaula donde le fue entregado el pájaro, él le llevó la nube.

La dama se quedó gratamente sorprendida al verlo y aceptó el presente, pues nunca antes nadie la había obsequiado con algo similar. Se puso muy contenta y celebró gratamente el regalo, al igual que le transmitió a nuestro amigo su felicidad y agradecimiento.

Entonces, en el instante en que él iba a declararle su amor, un hombre más entró en la pajarería y se dirigió a ella con actitud cariñosa. Ambos se devolvían sonrisillas nerviosas y sus rostros reflejaban complicidad. Entonces comprendió que su amada ya había elegido y sin decir palabra, salió de la tienda y en el momento en el que se retiró, la nube se desvaneció.

Unos días después de lo acontecido, volvió a salir a la calle y dirigiéndose al centro de la ciudad, observó un revuelo en un hospital cercano, la gente estaba muy preocupada.

Se aproximó y preguntó a un médico la causa de tal desconcierto.

-Amigo mío… –le respondió. –Tenemos un grave problema… Hay una epidemia, pues el agua del río se ha contaminado y debemos atender a muchos enfermos. Pero carecemos de agua limpia y pronto la ciudad caerá en desgracia si no se pone solución a este contratiempo.

-¿Y no hay forma alguna de enmendarlo? ¿No hay una manera rápida de traer agua?

-¿Para tanta gente? No sabría qué decirle… Además, hace mucho que no llueve, si pudiéramos atrapar nubes…

Escrito por: Auxiliadora Álvarez > www.xilili.eu
Ilustrado por: Nuria Díaz > cargocollective.com/nuriadiaz

 


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